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1914 Aceite de Comer Aceite vegetal comestible Ernesto L. Branger Valencia |
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De tecnología, trabajadores, libre competencia y nación
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Mano de obra Libre competencia y Nación |
De tal manera que a nuestro empresario, para ganarse al público, no le bastará con ofrecer tecnología de punta, operarios especializados y materia prima de la mejor calidad; debe apelar a un factor menos tangible, pero muy poderoso: el sentimiento nacional. Si bien su génesis no es novedosa, la Nación, traducida como esa imagen de estar unidos aún sin conocerse, no era común entre la gente que habitaba un país cuyas regiones todavía permanecían aisladas por insuficiencia de infraestructura vial; donde viajar de Lara a Caracas podía durar 5 días; donde los compatriotas, que apenas se habían conocido durante el siglo anterior, lo hicieron porque una campaña militar los llevó de su región a la del otro. Ese elemento de nuestra modernidad en ciernes, ese sentimiento que une al empresario y su producto con el público consumidor, es nuevo. En aquel tiempo la vivencia de esa comunión todavía no ha generado una imagen colectiva que permita a todos los miembros de la sociedad sentirse hermanados como venezolanos. El panorama descrito, a partir de los elementos percibidos en los anuncios publicitarios de aquellos inicios de modernidad venezolana, no es positivo, la realidad es contundente. Sí hay, sin embargo, razones para el optimismo cuando pensamos que aquella sociedad rústica y mal nutrida, logró, en un lapso de 40 años de la segunda mitad del siglo XX, poner a vivir el 85% de su población en ciudades, satisfaciendo necesidades masivas que elevaron los índices de calidad de vida y experimentando directamente el progreso y el ascenso social. Sí hay razones para el optimismo cuando percibimos que esta sociedad asimiló, sin traumas, la incorporación masiva de la mujer al espacio público en términos de igualdad con el hombre. Sí hay razones para el optimismo cuando observamos que ese país de analfabetas se transformó, de tal manera, que en cierto momento los indicadores de educación fueron equiparables a los de un país desarrollado. Sí hay razones para el optimismo cuando percibimos que de aquel país fragmentado y desarraigado hemos pasado a uno donde hasta el habitante del sitio más remoto de nuestra geografía siente que pertenece a un país llamado Venezuela. |
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