1914
Aceite de Comer
Aceite vegetal comestible
Ernesto L. Branger
Valencia

De tecnología, trabajadores, libre competencia y nación
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Mano de obra
Un segundo elemento que se percibe en los anuncios citados es la mano de obra. Los operarios de las máquinas que vienen de Italia representan la mano de obra especializada, otra de las soluciones paradigmáticas que se proponían durante el siglo XIX y la primera mitad del XX a fin de resolver los problemas económicos del país: la inmigración europea. Ésta comienza a llegar masivamente en la década de 1950, pero en 1927 apenas era una ilusión para quienes pensaban en ella como una manera de fortalecer una población mayoritariamente rural (cerca del 80%), escasa, con bajo índice de crecimiento, azotada por epidemias y enfermedades crónicas, afectada por la desnutrición y con altos índices de analfabetismo. Para 1920 la población total del país apenas llegaba a 2.720.000 habitantes. Con este balance demográfico, emprender el sendero hacia el progreso implicará un gran esfuerzo. Desarrollo tecnológico y fortalecimiento de la población con inmigración son elementos básicos en el proceso de inserción de Venezuela en el sistema económico mundial; sin ellos cualquier proyecto modernizador del país no pasaría de ser una quimera.

Libre competencia y Nación
El anuncio referido muestra otro elemento sintomático de ese proceso de integración de Venezuela al sistema económico mundial, se trata de la competencia con productos extranjeros y la ventaja de éstos. Podría afirmarse, tomando apenas un parámetro para marcar un hito, que en 1926 Venezuela deja de ser un país agroexportador para convertirse en uno petrolero. El impacto de la explotación de hidrocarburos en la economía venezolana significó, entre otras cosas, un aumento de la capacidad de compra en el mercado interno y el repunte del comercio de importación de bienes de consumo.

De tal manera que a nuestro empresario, para ganarse al público, no le bastará con ofrecer tecnología de punta, operarios especializados y materia prima de la mejor calidad; debe apelar a un factor menos tangible, pero muy poderoso: el sentimiento nacional. Si bien su génesis no es novedosa, la Nación, traducida como esa imagen de estar unidos aún sin conocerse, no era común entre la gente que habitaba un país cuyas regiones todavía permanecían aisladas por insuficiencia de infraestructura vial; donde viajar de Lara a Caracas podía durar 5 días; donde los compatriotas, que apenas se habían conocido durante el siglo anterior, lo hicieron porque una campaña militar los llevó de su región a la del otro. Ese elemento de nuestra modernidad en ciernes, ese sentimiento que une al empresario y su producto con el público consumidor, es nuevo.
En aquel tiempo la vivencia de esa comunión todavía no ha generado una imagen colectiva que permita a todos los miembros de la sociedad sentirse hermanados como venezolanos.
El panorama descrito, a partir de los elementos percibidos en los anuncios publicitarios de aquellos inicios de modernidad venezolana, no es positivo, la realidad es contundente. Sí hay, sin embargo, razones para el optimismo cuando pensamos que aquella sociedad rústica y mal nutrida, logró, en un lapso de 40 años de la segunda mitad del siglo XX, poner a vivir el 85% de su población en ciudades, satisfaciendo necesidades masivas que elevaron los índices de calidad de vida y experimentando directamente el progreso y el ascenso social. Sí hay razones para el optimismo cuando percibimos que esta sociedad asimiló, sin traumas, la incorporación masiva de la mujer al espacio público en términos de igualdad con el hombre. Sí hay razones para el optimismo cuando observamos que ese país de analfabetas se transformó, de tal manera, que en cierto momento los indicadores de educación fueron equiparables a los de un país desarrollado. Sí hay razones para el optimismo cuando percibimos que de aquel país fragmentado y desarraigado hemos pasado a uno donde hasta el habitante del sitio más remoto de nuestra geografía siente que pertenece a un país llamado Venezuela.

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