Venezuela es país de corta memoria, sujeto a cambios y avatares que transforman de modo abrupto el rostro de sus ciudades y paisajes. De igual modo su historia, a menudo algo dispersa, ha propiciado a ratos equivocaciones y dificultades para el venezolano común, que de pronto no halla raíces evidentes para fraguar una identidad sólida y presente. Estas reflexiones vienen a colación relacionadas con la muestra Huellas de Historia, la cual se propone salir en búsqueda de esos pasos perdidos al presentar un conjunto heterogéneo de piezas que abordan de múltiple manera lo histórico venezolano.

Huellas de Historia constituye la primera exposición realizada en la Casa de Estudio de la Historia de Venezuela Lorenzo A. Mendoza Quintero, abriendo la puerta a una secuencia de futuras muestras temáticas, quizás ceñidas a períodos históricos, personajes o situaciones específicas.

La presente exhibición está constituida por muebles, objetos, pinturas, manuscritos, impresos, grabados y fotografías etc., seleccionados por su alto valor estético y documental, pero también por su significación dentro del mundo cultural venezolano. Se trata de una oportunidad única, dado el difícil acceso a la mayor parte de las piezas exhibidas, poco manidas o conocidas por el público, criterio éste que ha influido en la elaboración de la presente selección. Cada elemento es contundente y refleja diversas facetas propiciando interrogantes y respuestas, por demás interesantes, que sirven de antídoto contra la desmemoria.

Como objetivo institucional, Huellas de Historia plantea recrear aspectos relevantes inscritos en el Diccionario de Historia de Venezuela, editado por Fundación Polar. Asimismo, celebra la fundamental apertura de un centro de estudio y reflexión que impedirá olvidar lo que hemos sido, el cómo, el por qué y el para qué. Cabe destacar la imbricación existente entre cada pieza exhibida y el Diccionario, asunto que luce necesario reseñar con mayor detenimiento. Cada objeto o su notable dueño inicial, cualquier impresor, pintor, prócer o movimiento artístico tiene su debida presencia en el Diccionario. Por tal razón se han seleccionado objetos alojados entre las páginas de cada volumen, avalando en cierto modo la unidad del conjunto, al hacer tangible lo reseñado bajo forma de texto. Es como ilustrar durante algunos meses al Diccionario de Historia de Venezuela. Se intenta destacar una publicación, que ya cuenta con recorrido propio. Su primera edición apareció en 1989 en tres tomos, y mereció entonces una medalla de oro por su logrado diseño gráfico en la Feria Internacional del Libro, organizada anualmente en la ciudad de Leipzig, Alemania. El Diccionario marcó un hito como proyecto editorial a la vez didáctico e innovador. En 1997 se ofrece al público una segunda edición corregida y ampliada, esta vez constituida por cuatro tomos, obteniendo un premio aún más importante en el marco de la misma Feria Internacional del Libro de Leipzig, al hacerse acreedor de la “Letra de Oro”, premio codiciado por todos los países del mundo desarrollado. Este premio fue otorgado a la publicación reconociendo tanto la importancia de su contenido como la impecable ejecución gráfica. El último paso en la evolución del diccionario es su edición bajo el formato cibernético de CD-Rom, convirtiéndose con ello en una herramienta de primer orden para cualquier investigador actualizado. Por su parte, la Casa de Estudio de la Historia de Venezuela Lorenzo A. Mendoza Quintero albergará en sitio seguro archivos, colecciones, una nutrida biblioteca y brindará diversos servicios que estarán a disposición del usuario, estableciéndose como un lugar fértil para la revisión de nuestro periplo histórico, siempre en revisión. Además, será también espacio propicio para charlas, conferencias, exposiciones y, por supuesto, para aprovechar al máximo la información allí alojada.

Huellas de Historia, al ser la primera muestra organizada en la casa ubicada de Veroes a Jesuitas, intenta no ceñirse a un tema o período específico. Más bien su aspecto amplio y panorámico puede ser una de sus virtudes. Es particularmente valorable la diversidad temática e histórica propuesta, que debe leerse más como una bondad que como dispersión o superficialidad intelectual. Una muestra inaugural excesivamente ortodoxa hubiese forzado el espíritu de una edificación detenida en algún lugar del tiempo, y que hoy muestra todo su esplendor, renovada y a tientas en su incipiente relación con el siglo XXI, bajo un cielo muy diferente al de la Caracas antañona o cuatricentenaria.

Otro aspecto que cabe resaltar es la cualidad arquitectónica propia de la Casa de Estudio de la Historia de Venezuela Lorenzo A. Mendoza Quintero, mostrándonos una casona típica del siglo XIX, constituida en una especie de oasis, rodeada hoy de modernos edificios que conforman el casco central de la ciudad capitalina.

La exposición Huellas de Historia ofrece al espectador varias lecturas posibles. Una de ellas consiste en observar con los ojos bien abiertos cada pieza alojada en las diversas salas con la capacidad de asombro al descubierto. Otra, segunda, nos permite evocar añejas situaciones históricas subyacentes tras cada objeto exhibido.

Si pudiésemos imaginar a Herodoto rememorando antiguas epopeyas sin la facultad visual, podríamos intentar emularlo, con ese gesto tan particular de hallar concentración al cerrar momentáneamente los ojos. Así es posible que surjan múltiples historias paralelas, evocaciones sugeridas por el conjunto, dispuesto en varias de las habitaciones de la casa.

Desde un principio en Huellas de Historia estuvo claro que abordaría objetos utilitarios, arte venezolano e impresos y manuscritos de contenido literario e histórico, próximos al período guzmancista, siempre enmarcados en el contexto del Diccionario de Historia de Venezuela. Resulta muy atractiva la posibilidad de hacer tangible lo allí reseñado mediante letras impresas; evidenciar, por ejemplo, la palabra “cacao” gracias a un curioso conjunto de tres copas hechas con coco, totuma y plata, durante los siglos XVII, XVIII y XIX, en principio, para uso exclusivo de monjas. Así fue surgiendo la idea de recrear en el tiempo presente de Veroes y de la Caracas contemporánea períodos abiertos, designados por un azar ¿selectivo?, presentando siempre ejemplos dotados de vida propia y brindando así la posibilidad de penetrar en su intimidad, más allá de convenciones preestablecidas.

Tal es el caso del tintero de porcelana francesa propiedad del general Carlos Soublette, el cual propicia mayor curiosidad e interés por haber pertenecido a dicho prócer. De quién habrá sido previamente dicho tintero y en qué manos estará en el futuro. Se trata de indagar en el mundo secreto de los objetos, hurgar su sino particular, a menudo muy significativo. Otro ejemplo expuesto es el autorretrato de Armando Reverón, cuadro elaborado por el gran pintor de Macuto mientras Margot Benacerraf realizaba su cortometraje fílmico. Un manuscrito de gran relevancia aquí presente, es el parte de guerra suscrito por el mariscal Antonio José de Sucre en 1824, con motivo del triunfo de las armas republicanas en la batalla de Ayacucho, adquirido por Fundación Polar. Este texto fundamental sella, en cierta medida, nuestra independencia de la monarquía española. Cuántos senderos no habrán recorrido esas hojas de papel, durante siglo y medio, hasta reposar en un lugar seguro y de estudio, garantizada su preservación para futuras generaciones.

En lo personal, como coleccionista amateur y recolector de objetos raros y curiosos, cada vez que alguno de éstos se presenta como una posible adquisición, me replanteo obsesivamente el fatalismo o destino impredecible que envuelve a cada mueble, pintura o libro –su vida secreta–, sean éstos cachivaches o exquisitas piezas de museo. A menudo imagino y juego con un posible origen, sobre el aprecio que pudo haberle tenido tal o cual propietario. El odio quizás, o la rabia con que fue escrita alguna misiva. La herida ocasionada por algún mosquetón o la inteligencia decimonónica adiestrada gracias a los textos de Andrés Bello, Ramón de la Plaza, José Domingo Díaz o José María Vargas, todos ellos presentados en Huellas de Historia. Una atmósfera sugerente prevalece sobre la evidencia como premisa expositiva. Algunas piezas se manifiestan mediante curiosas formas, texturas, colores, pátinas, o leves rasguños. Los impresos y manuscritos comunican ideas mediante la palabra escrita y tras ellos se propone una lectura amplia, donde interesa de igual manera el tema, su autor, la fecha de edición, el impresor, las ilustraciones, la textura del papel y tantos otros factores por descubrir. En la muestra son presentados libros de exploradores asombrados y de acuciosos viajeros, quienes plasmaron volúmenes ricamente ilustrados mediante litografías, aguafuertes o innovadoras técnicas fotomecánicas. Entre los diversos autores están Sir Walter Raleigh, Anton Goering, James Mudie Spence, Agustín Codazzi, Eugene André, todos redescubriendo el rostro de una Venezuela sorprendente y seductora para ellos (¿y para nosotros?), registrada en sus textos descriptivos y tras meticulosas interpretaciones gráficas.

Otro asunto asociado al destino y al sentido de la muestra es el porqué se reúne este conjunto específico en la Casa ubicada en Veroes y no en un lugar distinto. Intuitivamente considero que el sincronismo, el azar y la propia evolución viva de la muestra permiten que éstos confluyan “aquí y ahora”, en pleno año 2001, agrupados en un lugar preciso, auspiciando un encuentro ciertamente expresivo, más allá de formalidades académicas.

Desde otro ángulo sorprende ver cómo fueron apareciendo pausadamente pinturas de Francisco José de Lerma y Villegas, Juan Lovera, Antonio Herrera Toro, Arturo Michelena, Emilio Boggio, Camille Pissarro, Federico Brandt, Marcos Castillo, Rafael Monasterios, Manuel Cabré, convirtiéndose el conjunto en un intenso reflejo de la mejor pintura realizada en nuestro país desde la Colonia hasta mediados del siglo XX. Puede sentirse la firme presencia del Círculo de Bellas Artes, su aporte al desarrollo de las artes plásticas en Venezuela.

Así, podemos disfrutar un excelente interior, oscuro y lleno de poesía, realizado por Emilio Boggio, artista que ejerció notable influencia sobre los creadores nacionales al igual que Camille Pissarro y años después el rumano Samys Mützner. Los tres fueron creadores foráneos enamorados de la exuberancia del trópico. Destaca el sólido grupo pictórico constituido por Marcos Castillo, Federico Brandt, Rafael Monasterios y Manuel Cabré. Cada uno de ellos representado por obras llenas de interés en cuanto a su calidad plástica, y en ciertos casos por el valor documental. La pintura de Federico Brandt representa el patio de la casa de la familia López Méndez, manteniendo de algún modo una relación atmosférica con la casona que hoy funge como recinto expositivo; la de Marcos Castillo plantea con su cromatismo un modo inconfundible de interpretar la realidad; el cuadro de Manuel Cabré sobresale por su tema que muestra otra faceta distinta a sus características representaciones del monte Ávila; Rafael Monasterios documenta a Valle Abajo en 1941, hoy irreconocible para los caraqueños. Esa vista fue seleccionada como huella, quizás un tanto nostálgica, recordándonos qué lugar habitaron los caraqueños durante tiempos no muy remotos. Resulta asombroso el boceto para La vara rota de Arturo Michelena, pues revela al dibujante y colorista sencillamente virtuoso. Dicho boceto permite reflexionar sobre los “bocetos” de Michelena como obras casi terminadas. Acerca de la posibilidad de que éstos resulten más frescos y expresivos que la obra acabada, a menudo sobrepintada y paradójicamente siempre inconclusa.

“El gato” de Francisco Narváez podría lucir extemporáneo, observador-observado de la exposición donde él mismo reside. Con atención severa y felina, agazapado en el cariñosamente apodado “cuarto de la abuela”, mira cauteloso las diversas piezas ubicadas en vitrinas y paneles, gestándose así un campo fértil preñado de raíces nutritivas para un reconocimiento de la Venezuela de ayer.

El libro La poética del espacio de Gastón Bachelard podría servir de ayuda y precisar algo de lo que intento abordar en el presente texto introductorio. Bachelard insinúa el misterio que generan los cofres, el sentido de la casa primigenia, la mesa, la silla, el árbol alojado en un sereno paisaje de Valle Abajo. Cabe plantearse la pintura como una ventana a infinidad de mundos virtuales. Los espacios de la casa propician un diálogo intimista entre el espectador y los objetos, pese a la vitrina limitante. Dada la presencia imponente de la edificación, todo lo allí alojado se redimensiona, incluyendo quizás al visitante ocasional. No es igual exponer un cofre de cedro realizado para dos monjas del siglo XVIII en una hermosa obra de arquitectura caraqueña, que exhibirlo en un museo, o simplemente preservarlo tras una vitrina de cualquier coleccionista particular.

Huellas de Historia se expande al proponer sendas imaginativas, en vez de encerrarse sobre sí misma como un caracol. El contenido histórico de los objetos aquí reunidos se revitaliza al ser mostrados en una edificación llena de capas y substratos de historia antigua, donde el eco de jesuitas en rezo junto a voces del más allá envuelven al conjunto expositivo de modo, así lo creemos, protector. Ritualmente se le está otorgando nueva vida a una edificación plena de nobleza. Propio de todo renacimiento es la capacidad de juego y asombro, generadora de descubrimientos felices o transformadores. Aquí proponemos al espectador disfrutar de un hedonismo saludable, para que cada quien perciba y disfrute a su pleno antojo.

También luce que el azar genera hilos invisibles en el espacio, permitiendo que las piezas exhibidas dialoguen entre sí calladamente.

Interesa saber si están a gusto en la casa ubicada en Veroes, en un contraste con las gruesas paredes y los altos techos que caracterizan a la edificación. ¿Cómo saberlo? El libro de José de Oviedo y Baños que relata la conquista de la provincia de Venezuela quizás fue la lectura de algún antiguo morador de la residencia. Lo mismo pudo ocurrir durante otra época, con las breves y amenas publicaciones de Teresa de la Parra, José Antonio Ramos Sucre, José Rafael Pocaterra y Guillermo Meneses. Quién sabe si la familia Mendoza leyó con fervor esos impresos que hoy son rastros de lo cotidiano. Cómo no rememorar la película El resplandor del director Stanley Kubrick, proponiendo espacios habitados por ecos del pasado, insinuando el aliento de los habitantes de un tiempo ya transcurrido.

El fenómeno de lo posible fantástico también puede producirse en casos como el escritorio que perteneció al general López Contreras. ¿Cuántas cavilaciones no habrán recaído sobre ese mármol jaspeado? ¿Cómo puede valorarse la inmensa significación histórica contenida en la mesa del siglo XVIII, propiedad del general Páez, donde fue firmada la ley de abolición de la esclavitud en Venezuela por José Gregorio Monagas?

Escudriñar, sugerir, establecer relaciones son, repito, una constante de la actual propuesta museográfica.

Otro asunto relacionado con la vida privada de los objetos y la supervivencia, es el hecho de que personalidades ligadas a la cultura venezolana hayan sido los primeros coleccionistas y custodios de muchas de las piezas hoy expuestas. Luego de haber cumplido éstas con su función inicial, superando modas, guerras e incluso el menosprecio generalizado a comienzos del siglo XX hacia lo “viejo”, sobre todo cuando Estados Unidos impuso gran hegemonía a través de productos modernos como neveras, la radio o los automóviles.

Durante el siglo XIX José Cecilio de Ávila, a comienzos del XX Carlos Manuel Möller, Juan Röhl, Federico Brandt, Enrique Planchart, entre otros, atesoraron pinturas y mobiliario que muchas familias desecharon con cierto desdén. Curiosamente, varios de estos “peroles” eran piezas de fino marfil, incensarios de plata o doradas cornucopias provenientes de la Colonia. Gracias a tales visionarios, sensibles, acuciosos e intuitivos, mucho de lo aquí exhibido se salvó de terminar en un basurero ubicado en “la Caracas de los techos rojos”. Arístides Rojas, otro coleccionista empedernido, rescató tradiciones orales y costumbristas por vía de una gentil escritura, historias que de otro modo se habrían disuelto en el más rotundo olvido. Aquí lo representamos mediante un libro sobre Francisco de Miranda vinculado a la Revolución Francesa. No luce tan importante la solemnidad de cada título seleccionado o su fecha de publicación, para que se constituyan en huellas de historia: El balance de Eva de Job Pim, el Salto atrás de Leoncio Martínez y El transeúnte sonreído de Aquiles Nazoa, permiten evocar lo más elegante y gracioso, en cuanto a humor criollo escrito se refiere. Estos pequeños folletos de los años veinte y cuarenta bastan para detonar multitud de gratos recuerdos en nuestros mayores y posiblemente curiosidad en los más jóvenes. Intuyo que la presente muestra también debe mucho a don Manuel Segundo Sánchez, quien gracias a su Bibliografía venezolanista, publicada en 1914, logró poner cierto orden dentro del caos donde estaba sumida la memoria impresa de nuestro país; por esa razón incluimos en la muestra un ejemplar de esa obra fundamental, tan novedosa en su momento como el Diccionario de Historia de Venezuela hoy.

Algunos impresos aquí exhibidos presentan un doble interés, como el libro sobre cirugía escrito por José María Vargas. Allí aparecen las ideas de Vargas como galeno y, por otro lado, está presente el libro como un objeto tangible, realizado por Valentín Espinal, el más importante impresor y uno de los principales divulgadores de conocimiento en Venezuela durante la primera mitad del siglo XIX.

Curar una exposición es un feo término para expresar la oportunidad que me fue brindada por Fundación Polar. En realidad, cada exposición va curándolo a uno, pues lo obliga a renovar conceptos y a develar necesidades propias del inconsciente, todo esto compartido de modo cómplice con el colectivo.

Algunos de los objetos dispuestos en Huellas de Historia pertenecieron a la colección de Federico Brandt, un familiar; seleccionarlos me ha permitido recrear un mundo de antigüedades coloniales, de libros viejos, por el cual fui envuelto durante la infancia. El hogar donde crecí era una especie de museo sui géneris donde convivían pinturas de Antonio José de Lerma, cofres coloniales, candelabros de plata, lámparas, estampas del siglo XVIII coloreadas a mano, todo atesorado con una veneración que apenas hoy comienzo a vislumbrar. Cierto psiquiatra argumenta que el seleccionar los elementos que conforman la presente exposición, me ofrece de modo saludable la oportunidad de reagrupar en el inconsciente profundo una colección que conocí integra, y hoy subsiste fragmentada, a merced de las herencias. En la casa de Brandt, su obra pictórica tejía lazos de energía sensible entre objetos antiguos de su colección, que a menudo eran el motivo predilecto para sus lienzos. Él les otorgó vida propia con el pincel. Podía observarse en la sala que la butaca colonial reposaba pintada sobre algún cuadro o el quinqué y un jarrón de Sévres. Una recreación total hubiese sido para mí realizar un deseo primordial; sin embargo, surge otro juego de relaciones atemporales entre elementos muy disímiles y esto ocurre de modo coincidente en Huellas de Historia. Ahora el plato, la taza y la salsera que pertenecieron a Antonio Guzmán Blanco, durante un breve período de tiempo dialogarán amistosamente con un cuadro de Marcos Castillo, una foto representando a Lorenzo A. Mendoza Quintero con el manuscrito del arzobispo Ramón Ignacio Méndez dirigido al Congreso, el cual perteneció a Gustavo Brandt, quien aparece en el Diccionario apodado afectuosamente como el “Rey del Cacao”. Igualmente fueron suyos la curiosa imagen impresa de José Cecilio de Ávila dibujado por Celestino Martínez y uno de los raros ejemplares existentes de la famosa proclama nacionalista del general Cipriano Castro –valga la acotación–, rescatada por una pariente en el lavandero de una casa donde, no por casualidad, vivía la familia Casanova Mendoza, de Altagracia a Salas. Estas revelaciones pueden parecer un juego de intriga con la intención de lograr mayor interés, fantasía o juegos de imaginación en la mente de cada visitante.

Forzosamente una selección excluye piezas que hubiésemos deseado exponer por su gran calidad, con el deseo de sugerir un discurso totalizador. De pronto quisiera explicar el criterio, a veces didáctico, de pronto azaroso, utilizado para dar forma a la presente muestra. Mi imaginación podría dar cualquier tipo de explicación innecesaria, lo cual equivaldría a una especie de justificación. Huellas de Historia permite, dada la particularidad de cada una de los objetos exhibidos, que ellos cuenten y evoquen rasgos de su propia existencia. Como se insinuó al inicio del presente texto, la exposición inaugural marcha al compás con la reapertura de una construcción provista de gran relevancia, morada de sacerdotes, Casa de la Moneda, hogar de la familia Mendoza, ahora Casa de Estudio de la Historia de Venezuela Lorenzo A. Mendoza Quintero, resultado de la pasión sentida por una dama imposible de ignorar, la señora Leonor Giménez de Mendoza, motor incansable de este generoso proyecto. Ella, junto a un equipo de especialistas en diversas áreas ha logrado dar nuevo aliento a un lugar que de otro modo estaría condenado a la demolición indiscriminada. Ahora será, por el contrario, una grata sorpresa para cualquier transeúnte curioso, y lugar de mucha utilidad para los investigadores de la historia venezolana.

Recorriendo la muestra formaremos parte de ella; como albergados en algún cuento Borgiano nos reflejaremos en la historia de otras historias.

Finalmente, propongo alzar una mirada atenta hacia zonas pragmáticas y evocadoras a un mismo tiempo. Huellas de Historia constituye parte de un camino por andar.

Felipe Márquez

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